Todos los habitantes de la metrópoli han visto las noticias: Avenida Zaragoza – la arteria principal del oriente de la ciudad - inundada, otra vez. La gente intenta brincar las albercas de agua en la estación del Metro para salir, solo para encontrar la avenida llena de aguas negras. Intenta escapar como pueda por el camellón, rodeado por agua.
Pero si bien estas imágenes nos captan la imaginación, dentro de las colonias a los lados de Av. Zaragoza, la misma mezcla de aguas negras y pluviales llena las calles y casas, un desastre cotidiano que se repite mes tras mes y año tras año lejos de las cámaras de los medios.
Sería fácil asumir, dado su frecuencia, que estas inundaciones son un fenómeno natural e inevitable de la zona, o consecuencia de la irresponsabilidad de los vecinos por “tirar basura,” como afirma una y otra vez el gobierno. Sin embargo, seguir las huellas del agua nos cuentan otra historia – una historia de sacrificio rutinario, ejercido por el gobierno con el conocimiento pleno de los efectos que tienen en la vida de la gente. Una de tantas violencias en que podemos afirmar, “fue el estado.”
En esta narrativa, escucharemos las historias de Ejército de Oriente, pero en la misma zona, también se encuentra La Colmena y Santa María Aztahuácan
Una de las más afectadas es Ricarda, quien lleva más de cuatro décadas viviendo en la Colonia Ejército de Oriente, Zona Peñón, a escasos cuadras al sur de la Avenida Zaragoza. Año con año, se inunda su calle y pone en riesgo todas sus pertenencias. El 24 de junio de 2019 fue una de esas ocasiones. La encontramos en medio de una inundación que – como tantas veces antes – le arruinó gran parte de sus pertenencias, poniendo en riesgo su patrimonio y salud. Esta vez fue algo “leve” – llegó el agua hasta casi a sus rodillas – pero le han tocado inundaciones de casi un metro.
Tan frecuente son las inundaciones en Ejército de Oriente que resulta difícil llevar la cuenta, y más difícil aún vivir con ello – vivir con el conocimiento de que, una vez que se limpia su casa de una inundación, no falta llegar otra. Un evento que en otras zonas de la ciudad sería noticia de primera plana, aquí es un desastre casi cotidiano.
Cuando empieza a llover fuerte, Ricarda y sus vecinos no esperan tomar acciones preventivas, protocolos que ya han tenido que ir desarrollando por su propia cuenta.
Como todos sus vecinos, Ricarda de inmediato empieza a subir sus muebles, pero no es una cuestión sencilla, especialmente para personas con discapacidades, como ella, y otros vecinos de la tercera edad. Otros vecinos salen a cerrar las calles, para prevenir que pasen coches, generando olas de agua que mete el agua más adentro de sus casas.
Afortunadamente, no siempre entra el agua a sus casas, a pesar de que se inunda la calle. Eso es gracias a las inversiones – con su propio dinero – que los vecinos han hecho en construir adaptaciones cada vez más extremas para proteger a sus casas, especialmente los llamados “compuertas” – muros en sus entradas que no dejan pasar el agua más allá de sus patios.
La compuerta de Ricarda es típica – un muro fijo de concreto en su entrada, que actúa como un “tope” para el agua. Pero otros han hecho compuertas más elaborados, hasta con un sistema de poleas para abrir y cerrar, como esto de su vecino Mauricio*:
Sin embargo, no todos los vecinos tienen los recursos para hacer este tipo de adaptaciones, y muchas veces son insuficiente – un hecho que, al parecer, no les importa a las autoridades.
Las consecuencias de ese abandono es poner en peligro la salud, y hasta las vidas, de las personas que viven en esta zona. Mauricio recuerda como un día, en medio de una inundación, un vecino le pidió auxilio por su familiar, quien había caído en las aguas negras. Mauricio vadeó a su casa inundada y encontró su vecino boca abajo en las aguas negras; había tragado el agua puerca y perdió la conciencia.
En la entrada de la casa, estaban dos bomberos, parados, sin hacer nada – rehusaron tomar la acción más básica, de respiración boca a boca, porque no querían arriesgarse a ingerir el agua contaminada. Mauricio estaba indignado y los hizo a un lado. Luego, sacó al hombre del a gua y empezó a darle respiración boca a boca ahí mismo.
Le salvó la vida, una vida que las autoridades habían dejado por muerto.
La colonia fue construida por el gobierno por el año 1973 principalmente para las poblaciones desplazadas por la construcción de vías rápidas a lo largo del metropolí. La mamá de Ricarda vivía en la Colonia Portales, pero el gobierno le ofreció una casa aquí cuando construyó uno de los Ejes Viales y lo aceptó, emocionada para hacer su hogar.
No se inundaba, y – en los recuerdos de una vecina de Ricarda – “la unidad estaba muy bonita.” En ese entonces, el agua de lluvia se acumulaba en el predio baldio al otro lado de la Calle Fuerte de Loreto, pero no les inundaba.
La mamá de Ricarda murió en 1996, y nunca le tocó sufrir las inundaciones que estaban por venir. A pocos años de su fallecimiento, por el año 2000, todo empezó a cambiar: se empezaron a inundar.
Las razones por el cambio son, como siempre, múltiples. En primer lugar, y más obviamente, se terminaron de construir la Unidad Habitacional Fuerte de Loreto sobre el terreno que antes era baldío y absorbaba parte de los escurrimientos de lluvia de la colonia. Sin embargo, esto no fue todo. También hubo un accidente grave en la operación del sistema del drenaje que precipitó un cambió radical en la forma en que los ingenieros lo operan – un cambio que pondría Ejército de Oriente en peligro constante.
La noche del 4 de septiembre de 1999, uno de los túneles del Drenaje Profundo, el Interceptor Oriente-Oriente, se desbordó a la altura de la Lumbrera No. 3, inundando catastróficamente los vecinos de Ricarda en la colonia aledaña, Ejército de Oriente INDECO II ISSTE, ubicados al otro lado del Cerro del Peñón Viejo, sobre Avenida Zaragoza.
En menos que 20 minutos, los habitantes de más que 400 casas tenía casi dos metros de agua en sus casas y calles y tuvieron que ser rescatados en lanchas. En menos de un año después, el 15 de junio de 2000, el desastre se repitió.
Estas inundaciones, a pesar de su cercanía, no les tocaron directamente a los habitantes de Ejército de Oriente, Zona Peñón, aunque recuerdan bien como las inundaciones hicieron impasable toda la zona, complicando sus trayectos.
Las noticias le echaron la culpa, como siempre, a la “basura acumulada,” pero los ingenieros del gobierno y de la UNAM sabían que la causa era otra. Se dieron cuenta que el sistema, en general, ya no daba abasto para toda la ciudad. Por lo tanto, cuando se llenaba, corría el riesgo de salir por las “lumbreras” de menor elevación del sistema.
Estas lumbreras son hoyos - usualmente invisibles y subterráneos - que hace posible que las atarjeas de drenaje de las calles descargan a los túneles profundos del sistema – podría uno imaginarse como las estaciones del Metro.
Para prevenir que se repitiera esta catástrofe, los ingenieros empezaron por subir el nivel de las lumbreras más bajos, cómo la Lumbrera 3, lo cual ahora se parece como un tanque de agua enorme.
Esto hizo posible que los ingenieros pudieran meter más agua en el sistema sin arriesgar un desbordamiento. No obstante, esto generó otro problema: cuando se llenaban los túneles, ahora el agua presurizada, por no poder salir por las lumbreras, buscaba otro camino: las mismas atarjeas. Se generó, entonces, la posibilidad de que el agua regresara de las lumbreras, con una presión alta, hacia las casas y calles a través de las atarjeas.
Para prevenir este nuevo problema que habían creado, los ingenieros empezaron una forma de operación en que cerraran las compuertas de atarjeas proveniente de zonas particulares – casi invariablemente zonas marginadas – para que pudieran operar el sistema de Drenaje Profundo más allá de su capacidad, es decir, bajo presión. (El sistema nunca fue diseñado para esta forma de operación.)
Una de las lumbreras cuyas compuertas son regularmente cerradas por orden de los ingenieros es el mismismo Lumbrera 3, en lo cual depende, en gran parte, la Colonia Ejército de Oriente INDECO II ISSTE, para desaguar sus calles y casas. Sin embargo, no son solamente las compuertas de la Lumbrera 3 que los ingenieros cierran regularmente cuando se llena el sistema de drenaje profundo, sino la mayoría de las compuertas en la zona, incluyendo las compuertas en que Ricarda y sus vecinas, en la otra Ejército de Oriente, dependen.
Ricarda explica el efecto de las compuertas y lo que las autoridades se les han explicado de esta manera:
Cada vez que llueve fuerte, los vecinos de Ricarda suplican a las autoridades que abran las compuertas porque entienden que cuando están cerradas, se inundan. La razón es sencilla: con las compuertas cerradas, no hay salida para todos los escurrimientos que bajan del Cerro del Peñón y de sus propias calles – para no mencionar las aguas negras de sus propias casas.
Con las compuertas cerradas, en vez de fluir libremente hacia la Lumbrera 3 del Interceptor Oriente-Oriente, el agua se regresa, si bien lentamente, hacia sus calles y hasta salir de sus baños, a pesar de sus intentos de taparlos.
Las autoridades insisten a los vecinos en que no hay de otra: tienen que cerrar las compuertas para protegerlos, para que no regrese el agua sucia del Drenaje Profundo a sus casas. Sin embargo, la pregunta que nadie en el gobierno contesta es esta: ¿de dónde viene esta agua que se llena tan rápida el túnel del Drenaje Profundo?
Entender la respuesta requiere un viaje adentro de las entrañas del sistema de drenaje. Veremos que los ingenieros de SEGIAGUA generalmente deja que se llena el Drenaje Profundo con aguas de las zonas céntricas, y de mayor plusvalía, primero. Cuando se llena, les cierre las compuertas a las colonias populares como Ejército de Oriente y les dejan ahogar en sus propias aguas hasta que las demás zonas de “prioridad” están secas.
Obviamente, hay ocasiones en que solo está lloviendo en el oriente, y se llena el sistema de drenaje con los escurrimientos – el agua de lluvia corriendo sobre el pavimento – local. En estas ocasiones, el problema es una insuficiencia local del sistema de drenaje, que ha sido afectado gravemente por el hundimiento (para una explicación de este fenómeno, ve aquí). Sin embargo, hay muchas otras ocasiones en que la lluvia local es normal, o hasta mínima, y, aun así, se inunda. Para entender eso, tenemos que entender como está conectado Ejército de Oriente al sistema de drenaje de toda la ciudad y como, cuando hay lluvias fuertes más generalizados, les sacrifica a colonias como esta para conservar el “buen funcionamiento” del sistema para otras zonas más “importantes,” en términos políticos y económicos.
Empezamos este recorrido cartográfico.
El agua de drenaje de la colonia Ejército de Oriente, Zona Peñón está captada en un colector - un tubo grande – que está dirigido hacia la Lumbrera 6 del Semiprofundo Iztapalapa, una parte del Sistema de Drenaje Profundo. En el camino, puede – o no – pasar por la Laguna Mayor de Iztapalapa, dependiendo en si sus bombas están prendidas, sin embargo, la Laguna es solo una parada – esta misma también descarga sus aguas a la Lumbrera 6.
De la Lumbrera 6 del Semiprofundo Iztapalapa, el agua tiene que dar vuelta en la Lumbrera 4 del Interceptor Oriente Sur, y luego pasar a la Lumbrera 6 del Interceptor Oriente-Oriente.
Y de ahí, el agua va a otra lumbrera (el 5, del Interceptor Oriente), ubicado un lado del TAPO – es decir, justo en la orilla oriente del Centro Histórico – para después dar vuelta hacia el norte, hacia la “Lumbrera Cero” – el inicio del Túnel Emisor Central, que lleva casi la mitad del drenaje de la cuenca hacia Tula.
Hay otros caminos que puede seguir, por supuesto – a partir del 2019, el agua ya se podía estar dirigido hacia el Túnel Emisor Oriente a través del Túnel Interceptor Río de los Remedios. Sin embargo, de cualquier forma, el agua de Ejército de Oriente tiene que cruzar casi toda la ciudad para salir.
Están, en otras palabras, hasta la cola de la fila.
No obstante, esto no es una fila tan lineal, sencilla. Cada lumbrera tiene sus compuertas, y se puede cerrar o abrir. Lo que pasa, básicamente, es que los ingenieros de SEGIAGUA y CONAGUA, siempre les dan prioridad a las zonas de mayor peso político: las zonas céntricas y de mayor plusvalía. Les deja abierta sus compuertas, dejando fluir el agua hacia el Drenaje Profundo.
Cuando tienen suerte los habitantes de zonas periféricas como Ejército de Oriente, no se llenan los túneles y también hay espacio para sus aguas, y entonces los ingenieros dejan abiertas sus compuertas también. Pero, no siempre es así. Muchas veces – y con mucha más frecuencia antes de que entrara en operación el Túnel Emisor Oriente – los túneles no dan abasto. Con sus compuertas abiertas, el agua de las zonas de “prioridad” fluye libremente al sistema y se va remansando cada vez más – como un embotellamiento en una vialidad sobresaturado – hasta llenar el sistema por completo, incluyendo en zonas periféricas como Ejército de Oriente. Es por eso que los ingenieros tienen que cerrar las compuertas en algún lado, para no arriesgar un desborde como las catástrofes de 1999 y 2000.
Las compuertas que cierran primero generalmente son, justamente, las que están ubicados en zonas marginadas, periféricas como Ejército Oriente. Cuando cierran la Lumbrera 6 del Semiprofundo Iztapalapa – la lumbrera que recibe el agua de la colonia – puede bombear una parte a la Laguna. Pero cuando este también se llena – o simplemente no prenden las bombas por falta de energía, fallas mecánicas, o falta de personal – el agua en los colectores se encuentra sin salida, y simplemente va remansando en los colectores hasta salir de las coladeras de las casas de Ricarda y sus vecinos.
Cómo me decían en el Centro de Mando los mismos ingenieros que operan el sistema de drenaje, cuando se llenaba su sistema, tenían que decidir dónde inundar – dónde “sacrificar,” en sus palabras. Tenían que usar las calles (y, muchas veces, las casas) cómo “vasos reguladores.” Consciente de las consecuencias de sus acciones, y las cuestiones políticas que con llevaba, me decían que tenían que decidir entre inundar “el Zócalo o Ejército de Oriente.”
Para ellos – trabajando bajo el mando directo del Jefe/a de Gobierno – era impensable inundar el Centro, pero nadie movería ni un pelo si se inundaba otra vez colonias marginadas como Ejército de Oriente. Esas inundaciones eran tan normalizadas, tan cotidianas, que sabían que, en el peor caso, el seguro del gobierno tendría que pagar una suma miserable a los vecinos que apenas les alcanzaría para sus colchones arruinados.
Es obvio que es mucho menos el precio político y económico que el gobierno tendría que pagar por inundar las oficinas del gobierno, los grandes negocios, y las residencias lujosas de las zonas céntricas de la metrópoli.
Sin embargo, no hay una razón técnica porque no podrían – si quisieran y sus jefes (los políticos) les permitirían – cerrar las compuertas en las zonas más pudientes para dejar espacio para drenar el agua de zonas como Ejército de Oriente. Si no lo hacen, no es porque no se puede, sino porque esto iría en contra del objetivo primordial del gobierno: proteger la propiedad – y las vidas - de los que más tienen, pasa lo que pasa.
Las inundaciones crónicas en Ejército de Oriente entonces no son naturales, ni inevitables. Son el resultado de una discriminación clasista posibilitado por las operaciones opacas de un sistema de drenaje que no da abasto para todos y todas.
Si bien las inundaciones no siempre matan, esto no implica que no les deja una huella profunda en la mente de personas como Ricarda.
Cada que llueve, Ricarda se pone a ver por la puerta, viendo las gotas cayéndose, averiguando si ya se está subiendo el nivel en la calle, esperando, al parecer, el inevitable. Sus hijos le regañan, diciéndole, “quítate de la puerta porque luego luego te pones triste y te pones a llorar.”
No se quita porque no puede imaginar volver a perder todo, otra vez más. Tiene que estar al pendiente, tiene que prevenir lo más que pueda. Sin embargo, sabe que ningún muro que pone y ninguna preparación que hace va a evitar que vuelva a inundarse, tarde o temprano.
Ricarda dice que la única solución – para su familia – sería la reubicación, sin embargo, ¿para dónde irá en una ciudad cada vez más cara, y con que recursos? ¿Quién compraría una casa que se inunda a cada rato?
Junto con sus vecinos, Ricarda y su familia han insistido, uno y otra vez, en que el gobierno haga algo para que no vuelva a inundarse. Pero no tienen muchas esperanzas de que su situación cambie. Están resignados a la catástrofe cotidiana – y el abandono del estado. Exasperada, Ricarda lo dice muy claro: “esto jamás se va a acabar.”
Cuando bien les va después de una inundación fuerte, el seguro de la Ciudad de México les paga – meses después – entre 10 y 30 mil pesos, suficiente para volver a comprar unos muebles corrientes, pero nada para compensarlos por su pérdida mayor: la tranquilidad de estar seguros en sus casas.
La entrada en función del Túnel Emisor Oriente a finales del 2019 parece haber resultado en un leve mejoramiento en la situación para Ricarda y sus vecinos. Con el TEO, ya no satura tan fácilmente el Drenaje Profundo, y, por lo tanto, no hay tanta necesidad de sacrificar zonas como Ejército de Oriente con el cierre de compuertas. Sin embargo, sigue inundando, solo con una frecuencia menor. Cuando la visitamos en 2024, había lodo todavía amontonado en la calle de una inundación la noche anterior.
Al parecer, sus vecinos en la colonia Ejército de Oriente INDECO II ISSTE, sobre la Av. Zaragoza, tampoco están a salvo a pesar de su lumbrera elevada: el 2 de junio de 2025, volvieron a inundarse con más que un metro de agua, algo que no habían visto desde el año 2000. Cientos de miles de pasajeros que iban en el metro hacia Pantitlán también se quedaron varados cuando se inundó Av. Zaragoza, obligados a – en las palabras de una señora mayor – caminar “como peregrinos” a sus casas en el oriente. Tal y como hace 25 años, el gobierno salió a declarar que el problema principal es la basura para zafarse de acusaciones de un manejo discriminatorio del problema constante de los hundimientos.
Para Ricarda y sus vecinos, sigue con el miedo, el dolor, y la incertidumbre – más las deudas económicas. Aun cuando las aguas retroceden, su huella permanece. Peor aún, si bien el TEO ha mejorado sus condiciones levemente, lo ha hecho a través de causar daños en otras zonas, como Tula, ve su historia aquí.